
La Roda, Albacete, 1884 -Northampton,
Estados Unidos, 1979
Hijo de una familia modesta, Tomás Navarro Tomás no estaba destinado a
estudiar. Tras el bachillerato estudia Filosofía y letras. En Madrid se
doctora y se encuentra con una persona que va a ser fundamental en su
vida: Ramón Menéndez Pidal, del que llegará a ser discípulo favorito.
En 1909 ingresa en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y
Arqueólogos y es destinado a Ávila. Pocos meses después se traslada al
Archivo Histórico Nacional. En el verano de 1911 viaja con Menéndez Pidal
y otros intelectuales por Asturias y León en busca de romances y sonidos
dialectales.
En ese viaje están las bases de un magno proyecto que comenzará años más
tarde bajo la inspiración de Menéndez Pidal y la dirección de Navarro, el
Atlas lingüístico de la Península Ibérica, que intentará recoger y
describir todas las variaciones de pronunciación que se dan en la
península. Pero antes de eso están los años de formación en los
laboratorios de fonética más importantes de Europa. En 1918 aparece la
primera edición del Manual de pronunciación española, libro
obligado para muchas generaciones de lingüistas, traducido al alemán en
1923 y adaptado al inglés en 1926.
Durante años, Tomás Navarro es profesor del Centro de Estudios Históricos,
donde dirige el laboratorio de Fonética Experimental y colabora en la
creación de la Revista de Filología Española. En 1935 ingresa en la
Academia de la lengua. Para entonces son frecuentes sus viajes por Europa
y América, invitado por las principales universidades del mundo. Para
entonces, también, ha iniciado uno de sus proyectos más queridos, el
Archivo de la Palabra, que nace para recoger las diferentes variedades
del habla, los cancioneros tradicionales y las voces de personajes
importantes.
Su rica vida de investigador y erudito queda tronchada con el estallido de
la guerra. En 1936 el gobierno le pone al frente de la Biblioteca Nacional
de Madrid, y de los organismos directores de las bibliotecas españolas, y
durante los tres años de guerra dirige el difícil salvamento de los libros
desde Valencia, donde se ha trasladado como miembro del Gobierno. Cuando
Miguel Artigas, su antecesor -y sucesor- en el cargo denuncia en el
Heraldo de Aragón una supuesta destrucción sistemática del patrimonio
bibliográfico, Navarro le contesta con toda la contundencia de la verdad.
En 1937 el Ministerio de Instrucción Pública le designa para ir a la
U.R.S.S. formando parte de una delegación invitada a la conmemoración del
veinte aniversario de la revolución soviética. Recorre algunas de sus
ciudades interesándose por el sistema bibliotecario, que le impresiona muy
favorablemente.
Cuando la guerra ya está perdida, Tomás Navarro Tomás cruza los Pirineos
con la familia Machado, con la que mantiene gran amistad. y después
continúa viaje hacia Estados Unidos, donde le esperan con los brazos
abiertos en la Columbia University de Nueva York.
Le acompañan en su largo periplo los manuscritos del Atlas Lingüístico
de la Península Ibérica, que él custodia hasta que, años más tarde,
entrega a los responsables del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas para su publicación. Sólo el primero de los tomos llegará a
ver la luz.
Se jubila en Estados Unidos con todos los honores, los mismos que su
propio país no le reconoce en vida a pesar de que muere a los noventa y
cinco años en 1979, ya en plena democracia. Él se habla jurado no pisar
España mientras estuviera Franco y cumplió su compromiso.
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