Pamplona, 2 - 31 de mayo de 2007  
  Planetario de Pamplona  
  {25} Biblioteca en guerra
   
   
   

Exposición organizada por la Biblioteca Nacional y la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria del Ministerio de Cultura.

 
       
       
  Servei de Biblioteques del Front

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Desde los primeros meses de guerra el Comisariado de Propaganda de la Generalidad de Cataluña recoge y envía libros al frente. La Asociación de Escritores Catalanes y las alumnas de la Escuela de Bibliotecarias colaboran en tal labor. Pero se consideraba que había que hacer mas y se crea el Servei de Biblioteques del Front en febrero de 1937. Para acercarse a los escenarios de lucha se crean dos subcentrales en el frente de Aragón: en Sariñena y Alcañiz. En Barcelona se asienta la central técnica. Se compran libros, se diseñan muebles especiales, se nombran soldados "bibliotecarios" como responsables de los lotes. En nueve meses Sariñena reparte unos 12.S00 volúmenes y presta 24 muebles biblioteca. En 1937 la de Alcañiz distribuye unos 8.000 libros y 17 muebles biblioteca. En marzo de 1938 con el repliegue del frente de Aragón se pierden las dos subcentrales.

Durante la guerra, algunas muchachas que hacen prácticas en la Escola, y varias bibliotecarias jóvenes, trabajan sin miedo al peligro, movidas por su vocación de servicio. El bibliobús las acerca a los frentes, mujeres entre tantos hombres. Manuel Rubió, hijo de Jordi, describe la escena en una carta dirigida a su padre:

Es curioso lo que les pasó a los soldados al ver a las bibliotecarias. Tú ya sabes que al ver pasar a una chica, todos (con rarísimas excepciones) le tienen que decir alguna cosa. Sin embargo a las bibliotecarias, ninguno les dijo nada que no fuera de su trabajo. Hasta las más malhablados se abstuvieran de hacerlo delante de ellas.

Marra Felipa Español, Rosa Granés, Aurora Díaz Plaja, Maria Ponjoan o Concepció Guarro fueron algunas de esas bibliotecarias arriesgadas. Una de ellas, Concepció de Balanzó, murió a causa de un accidente del bibliobús.

Desde que quedé sola en el local que compartía con el "Servei de Tremeses al Front"; procuré hacerla parecer una biblioteca. Por ahora el mobiliario es el siguiente: 16 m. de estanterías, 1 mesa de 9 x 3,5 palmos, 5 sillas (cuando necesito más me las dejan), un pupitre, una especie de mueble mitad armario mitad fichero que he hecho aprovechando unas cajas, una mesita con una máquina de escribir (que funciono muy mal) y 2 luces que iluminan muy bien el local. Además un pulverizador de insecticida que no para ningún día y gracias al cual he conseguido que los moscas nos respeten, y un jarrón que ha de contentarse con flores silvestres porque no tengo otras.
En estas condiciones y abastecida con 400 títulos y el doble de volúmenes, la Biblioteca se abrió al público militar desde el 1 de agosto pasado, de 11 a 2 por la mañana y de 6 o 9 por la tarde.

                                                                               María Felipa Español, bibliotecaria en Sariñena, carta de 2 de septiembre 1937 a Jordi Rubió

En plena guerra las bibliotecas siguen cumpliendo su misión. Una joven Aurora Díaz Plaja elabora guías de lectura en las que se divulgan titulos adaptados a las circunstancias para hacer más fácil la vida a los ciudadanos. Un trabajo moderno y una bibliotecaria sensible que va a continuar con el mismo grado de compromiso hasta su jubilación.

Desde la noche del 16 de marzo de 1938 hasta las primeras horas de la tarde del 18, Barcelona sufrió doce bombardeos. Uno de ellos, el del 17 a mediodía, destruyó la Central del Servei de Biblioteques del Front, situada en la calle de Corts Catalanes. Hasta siete minutos antes habían estado trabajando allí ocho bibliotecarias.

En el piso había unos veinte mil volúmenes y un centenar de bibliotecas móviles a punto de salir hacia los frentes, además del catálogo de doscientas cincuenta bibliotecas circulantes y la documentación de las subcentrales del Servei. En un segundo todo este esfuerzo quedó convertido en ruinas.

Como dijo entonces una crónica periodística, "mientras Cataluña envía a los frentes miles de libros, la España de Franco envía sobre Barcelona bombas de aire líquido que hacen polvo a los ciudadanos, las casas y los libros".

Desde los primeros meses de la guerra se utilizan diversos procedimientos para llevar los libros a los frentes: vehículos del Comisariado de Propaganda, Sanidad, Correos, o cualquier otro de uso militar, acondicionado.

Desde la creación del Servei de Biblioteques del Front, Jordi Rubió intenta poner en marcha un vehículo diseñado específicamente como biblioteca ambulante, pero las circunstancias de la guerra le impiden hacerlo hasta mayo de 1938, después del repliegue del frente de Aragón.

Al final de la guerra, el bibliobús lleva al exilio a varios escritores catalanes. En ese viaje se pierde su pista para siempre.

Sant Boi de Lloregat, 29 de junio de 1938

Pintas muy bien la impresión que yo suponía que os debe producir la llegada y la marcha del bibliobús. Gozo y melancolía, pero con un fondo de confianza optimista en que en la retaguardia hay mucha gente que vive y trabaja para vosotros. El bibliobús con sus libros es un mensajero vivo entre todos los sectores del ejército y los de la capital.

Carta de Jordi Rubió a su hijo Manel, movilizado en el frente

Hemos abierto de par en par todas las estonterías del bus. Antonia está abajo. delante de los estanterías exteriores; Enriqueta está en el bureau, yo dentro. Con mucho orden comienzan o desfilar los soldados. La mayoría elige rápidamente, algunos preguntan dónde está tal materia, ninguno nos pide que le escojamos nosotras el libro. Es la primera vez que hago este servicio y estoy encantada con el orden y el ambiente. Nunca habría imaginado encontrar tanto interés.

Aurora Díaz Plaja. Diario del bibliobús. Agosto 1938

         

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Subcentral del Servei de Biblioteque del Front en Sariñena

 

 

Alumnas de la escuela de bibliotecarias haciendo lotes de libros

 
         
 

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