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Jesús Herrera nació
en un pesebre toledano, guardó ganados hasta los diez años y dicen que
aprendió solo a leer: el maestro del pueblo tuvo alguna intervención
en el milagro. Pusiéronle de aprendiz en casa del barbero, no le gustó
el oficio, tanto manoseo, y encerrado. A los doce años abandonó brocha
y navaja, se fue andando a Madrid. Rapaz colillero, vendedor de
periódicos, mozo de cocina, duermeduro, comepoco, esportillero, a los
dieciséis era buen estuquista, concurridor de escuelas nocturnas,
punto de la Casa del Pueblo, puntal de las Juventudes Unificadas,
aficionado a la Biblioteca. Mozallón rubio, de ojos azules, cabeza
rapada, la nariz redondita, el rostro luciente y tostado de sol y
nieve, las orejas enormes y plantadas horizontales. Cara de ardilla,
manazas tremendas, los labios gruesos, la boca grande, la voz fuerte.
tímido todo él. Cogiéronlo los comunistas por su cuenta y lo
instruyeron. El hombre dio de si cuanto tenía, que no era poco. Lo ha
leído todo. Capitán del 5º Cuerpo, veintiocho años. Habla corto,
seguido y preciso. |
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El sindicato del
espectáculo de la C.N.T. tenía sus oficinas en uno de los palacios
incautados, uno que había en la calle Miguel Angel. El tal palacio no
había sido desmantelado, no se observaba en él muestras de vandalismo.
La gran biblioteca se hallaba en perfecto estado y a disposición de
los afiliados al sindicato. No sólo se podía leer allí, sino llevarse
los libros a casa, tras mostrar el carné y rellenar una ficha. |
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En aquella
aristocrática biblioteca de la revolucionaria C.N.T. mostré mi carné
rojo y negro y me llevé a casa, como primer libro de mi experimental
carrera hacia atraso Zalacaín, el aventurero, de Pío Baroja. |
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Con la misma
intención de poner los libros al alcance del pueblo habla también en
aquel doloroso Madrid unos cuantos quioscos callejeros, uno de ellos
en Recoletos cerca de la Cibeles, en los que simplemente con mostrar
el carné sindical podía uno llevarse cualquier libro. Al devolverlo,
tenía derecho a elegir otro. Aquellos libros posiblemente habían sido
incautados en librerías cuyos dueños eran gente de derechas. |
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Estos métodos no
fueron muy útiles para que los rojos ganaran la guerra. Quizás
contribuyeron a que la perdieran. Pero en aquellos tiempos y en
aquella zona se pensaba que la cultura era un bien y un arma que no
debla ser privilegio de la clase burguesa. Gracias a ese sistema, el
obligado estudiante de Química que era yo, durante aquella larga
pausa, en una casa en la que escaseaban los libros y el dinero para
comprarlos, pudo leer bastantes. |