Pamplona, 2 - 31 de mayo de 2007  
  Planetario de Pamplona  
  {29} Biblioteca en guerra
   
   
   

Exposición organizada por la Biblioteca Nacional y la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria del Ministerio de Cultura.

 
       
       
  Lectura pública

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Jesús Herrera nació en un pesebre toledano, guardó ganados hasta los diez años y dicen que aprendió solo a leer: el maestro del pueblo tuvo alguna intervención en el milagro. Pusiéronle de aprendiz en casa del barbero, no le gustó el oficio, tanto manoseo, y encerrado. A los doce años abandonó brocha y navaja, se fue andando a Madrid. Rapaz colillero, vendedor de periódicos, mozo de cocina, duermeduro, comepoco, esportillero, a los dieciséis era buen estuquista, concurridor de escuelas nocturnas, punto de la Casa del Pueblo, puntal de las Juventudes Unificadas, aficionado a la Biblioteca. Mozallón rubio, de ojos azules, cabeza rapada, la nariz redondita, el rostro luciente y tostado de sol y nieve, las orejas enormes y plantadas horizontales. Cara de ardilla, manazas tremendas, los labios gruesos, la boca grande, la voz fuerte. tímido todo él. Cogiéronlo los comunistas por su cuenta y lo instruyeron. El hombre dio de si cuanto tenía, que no era poco. Lo ha leído todo. Capitán del 5º Cuerpo, veintiocho años. Habla corto, seguido y preciso.

 

Max Aub

 
 
 

El sindicato del espectáculo de la C.N.T. tenía sus oficinas en uno de los palacios incautados, uno que había en la calle Miguel Angel. El tal palacio no había sido desmantelado, no se observaba en él muestras de vandalismo. La gran biblioteca se hallaba en perfecto estado y a disposición de los afiliados al sindicato. No sólo se podía leer allí, sino llevarse los libros a casa, tras mostrar el carné y rellenar una ficha.

 

En aquella aristocrática biblioteca de la revolucionaria C.N.T. mostré mi carné rojo y negro y me llevé a casa, como primer libro de mi experimental carrera hacia atraso Zalacaín, el aventurero, de Pío Baroja.

 

Con la misma intención de poner los libros al alcance del pueblo habla también en aquel doloroso Madrid unos cuantos quioscos callejeros, uno de ellos en Recoletos cerca de la Cibeles, en los que simplemente con mostrar el carné sindical podía uno llevarse cualquier libro. Al devolverlo, tenía derecho a elegir otro. Aquellos libros posiblemente habían sido incautados en librerías cuyos dueños eran gente de derechas.

 

Estos métodos no fueron muy útiles para que los rojos ganaran la guerra. Quizás contribuyeron a que la perdieran. Pero en aquellos tiempos y en aquella zona se pensaba que la cultura era un bien y un arma que no debla ser privilegio de la clase burguesa. Gracias a ese sistema, el obligado estudiante de Química que era yo, durante aquella larga pausa, en una casa en la que escaseaban los libros y el dinero para comprarlos, pudo leer bastantes.

 

 Fernando Fernán Gómez

                   

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
         
 

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